La gente, que se agolpaba en sus asientos -impregnada del sudor y el cansancio de una jornada de trabajo más- no hacía caso de la advertencia que el viejo músico les lanzaba a través del preciso, casi robótico, movimiento de sus dedos sobre el instrumento:
''Cuidado''rezaba su tango'' una vez escuché el lamento del acordeón y lo ignoré, sin pensar en que un día podría llegar a ser yo el intérprete''
Una señora le miró con mala cara. Le molestaba aquel ruido. El se dio cuenta, pero se limitó a mirar hacia la nada y siguió tocando.
Fue entonces, cuando le vi llorar. Sus lágrimas se derramaron por entre las arrugas de su cara, como las últimas gotas de lluvia precipitándose al vacío desde el techo de una casa abandonada. Lloraba por lo que había dejado atrás; por la angustia del que comprueba a diario cuánto orgullo hace falta tragarse, para llenar un estómago vacío.
La canción acabó y el anciano comenzó su pequeño paseo, incómodo y silencioso, entre la gente. Desapareció de mi vista acompañado por el tintineo de monedas delgadas. Un tímido '';Muchas gracias'' se escuchó a mis espaldas.
Luego el hombre cerró la puerta tras de sí, y desapareció.
Fue entonces, cuando le vi llorar. Sus lágrimas se derramaron por entre las arrugas de su cara, como las últimas gotas de lluvia precipitándose al vacío desde el techo de una casa abandonada. Lloraba por lo que había dejado atrás; por la angustia del que comprueba a diario cuánto orgullo hace falta tragarse, para llenar un estómago vacío.
La canción acabó y el anciano comenzó su pequeño paseo, incómodo y silencioso, entre la gente. Desapareció de mi vista acompañado por el tintineo de monedas delgadas. Un tímido '';Muchas gracias'' se escuchó a mis espaldas.
Luego el hombre cerró la puerta tras de sí, y desapareció.
Poco después, amortiguado su saludo por el traqueteo del tren, le escuché advertir a los ocupantes del siguiente vagón…
''cuidado … ''

muy bonito. me ha encantado
ResponderEliminar