Caía la tarde a través de las ventanas, relamiendo las paredes de la habitación con su lengua manchada de ocres, cuando aquel tipo decidió abrir la boca. Ambos nos miramos a los ojos directamente; Los suyos mostraban un atisbo de súplica, los míos le devolvían una determinación férrea.
–‘’Podemos solucionar esto’’–insistía–‘’Podemos hablarlo como personas civilizadas’’ –.
Yo caminaba de un lado a otro sin parar y no le quitaba los ojos de encima. En mi mano un arma, cargada y amartillada, ronroneaba inquieta esperando ejecutar sentencia. Su tacto, rugoso y cálido, contrastaba con el frío sudor de mi mano. El hombre alternaba miradas nerviosas hacia aquella herramienta de muerte, y luego hacia mí. No se movía de su sitio, sabiéndose derrotado desde el primer momento en que coincidimos en aquel lugar miserable. La puerta, entreabierta y solitaria, devolvía los ecos de un tráfico ya moribundo a aquellas horas, mezclado con las conversaciones lejanas de los que esperaban allí fuera procurando no ser vistos. Hacían su trabajo. Solo eso. Pero aquella vez no les iba a salir bien. La decisión era mía. Allí, en aquel lugar y en aquel momento era yo, y solo yo, quien tenía el control. Sonreí.El hombre malinterpretó mi gesto y volvió a atosigarme con su lastimera verborrea. No se daba por vencido, pero yo no pensaba desistir. Una sombra cruzó la puerta y perdí el contacto visual con mi interlocutor por una única décima de segundo.
Luego todo se aceleró. O se ralentizó, quizá. El tiempo es siempre algo subjetivo. Hizo el amago de atacarme: Desesperado, se abalanzó sobre mí en un último intento por conseguir su objetivo. Aquella era la señal que había estado esperando. El fuego en la mecha; El botón rojo sobre la consola de mando. Estaba todo decidido. Llegados a aquel punto, solo me quedaba una cosa por hacer. Así que la hice: Apunté y apreté el gatillo.
Y un instante antes de que la embestida del policía me lanzase por el suelo, me volé la tapa de los sesos.
