lunes, 18 de abril de 2011

CONTROL

Caía la tarde a través de las ventanas, relamiendo las paredes de la habitación con su lengua manchada de ocres, cuando aquel tipo decidió abrir la boca. Ambos nos miramos a los ojos directamente; Los suyos mostraban un atisbo de súplica, los míos le devolvían una determinación férrea.

–‘’Podemos solucionar esto’’–insistía–‘’Podemos hablarlo como personas civilizadas’’ –.

Yo caminaba de un lado a otro sin parar y no le quitaba los ojos de encima. En mi mano un arma, cargada y amartillada, ronroneaba inquieta esperando ejecutar sentencia. Su tacto, rugoso y cálido, contrastaba con el frío sudor de mi mano. El hombre alternaba miradas nerviosas hacia aquella herramienta de muerte, y luego hacia mí. No se movía de su sitio, sabiéndose derrotado desde el primer momento en que coincidimos en aquel lugar miserable. La puerta, entreabierta y solitaria, devolvía los ecos de un tráfico ya moribundo a aquellas horas, mezclado con las conversaciones lejanas de los que esperaban allí fuera procurando no ser vistos. Hacían su trabajo. Solo eso. Pero aquella vez no les iba a salir bien. La decisión era mía. Allí, en aquel lugar y en aquel momento era yo, y solo yo, quien tenía el control. Sonreí.

El hombre malinterpretó mi gesto y volvió a atosigarme con su lastimera verborrea. No se daba por vencido, pero yo no pensaba desistir. Una sombra cruzó la puerta y perdí el contacto visual con mi interlocutor por una única décima de segundo.

Luego todo se aceleró. O se ralentizó, quizá. El tiempo es siempre algo subjetivo. Hizo el amago de atacarme: Desesperado, se abalanzó sobre mí en un último intento por conseguir su objetivo. Aquella era la señal que había estado esperando. El fuego en la mecha; El botón rojo sobre la consola de mando. Estaba todo decidido. Llegados a aquel punto, solo me quedaba una cosa por hacer. Así que la hice: Apunté y apreté el gatillo.

Y un instante antes de que la embestida del policía me lanzase por el suelo, me volé la tapa de los sesos.

martes, 5 de abril de 2011

EL LAMENTO DEL ACORDEÓN

Se presentó en el vagón con un ''buenas tardes '' y, sin más, comenzó a tocar.

La gente, que se agolpaba en sus asientos -impregnada del sudor y el cansancio de una jornada de trabajo más- no hacía caso de la advertencia que el viejo músico les lanzaba a través del preciso, casi robótico, movimiento de sus dedos sobre el instrumento:

''Cuidado''rezaba su tango'' una vez escuché el lamento del acordeón y lo ignoré, sin pensar en que un día podría llegar a ser yo el intérprete''
Una señora le miró con mala cara. Le molestaba aquel ruido. El se dio cuenta, pero se limitó a mirar hacia la nada y siguió tocando.
Fue entonces, cuando le vi llorar. Sus lágrimas se derramaron por entre las arrugas de su cara, como las últimas gotas de lluvia precipitándose al vacío desde el techo de una casa abandonada. Lloraba por lo que había dejado atrás; por la angustia del que comprueba a diario cuánto orgullo hace falta tragarse, para llenar un estómago vacío.
La canción acabó y el anciano comenzó su pequeño paseo, incómodo y silencioso, entre la gente. Desapareció de mi vista acompañado por el tintineo de monedas delgadas. Un tímido '';Muchas gracias'' se escuchó a mis espaldas.
Luego el hombre cerró la puerta tras de sí, y desapareció.

Poco después, amortiguado su saludo por el traqueteo del tren, le escuché advertir a los ocupantes del siguiente vagón…

''cuidado … ''