domingo, 14 de noviembre de 2010

***La Montaña Más Grande del Mundo***


Al contrario de lo que todo el mundo cree, la montaña más grande del mundo jamás ha sido hollada por el ser humano. Su cima es plana, cubierta de nieve y parece extenderse hasta el infinito. Y quizá sea así.

Apareció caminando bajo el amanecer, sobre la inmaculada superficie blanca. Tenía aspecto de mujer. Su pelo, rojo y salvaje como el fuego de una hoguera en invierno, se derramaba a su espalda. Sus ojos eran dos esmeraldas brillantes, enmarcadas en un rostro salpicado de estrellas. Con pasos ágiles, se encaminó hacia una mesa de cristal situada justo en el centro de la yerma extensión. Era un tablero de ajedrez. Se sentó en una pequeña silla en uno de los extremos del tablero, y observó el asiento vacío que tenía justo enfrente. Y esperó.

Al poco rato, el cielo azul se cubrió de oscuras nubes, espesas y amenazadoras. A lo lejos, bajo la inminente tormenta, distinguió una figura oscura, que avanzaba cojeando en su dirección.

Ella sonrió al verle llegar. Parecía un hombre de avanzada edad. Se cubría el cuerpo con una raída gabardina marrón y apoyaba el peso de sus años sobre un bastón cuyas tallas habían desaparecido hacia siglos. Una barba sucia y enmarañada le cubría gran parte del rostro.

-Ya era hora- canturreó al tenerlo delante, con una voz dulce como la miel.

- No te quejes- farfulló el anciano, con voz rota y cansada. Se sentó frente a ella. Luego señaló la mesa y gruñó: empecemos con el juego.
Para cuando dijo aquello, el cielo ya estaba completamente cubierto por la oscuridad de la tormenta.

‘’Plic, Plic, Plic’’

Comenzó a llover sobre la cima de la montaña, pero aquello no pareció afectar a ninguno de los dos. Las gotas de lluvia que caían sobre el tablero comenzaron a unirse entre sí, primero con suavidad, luego cada vez con más fuerza.

‘’Plic, Plic, Plic’’

Una a una, las gotas fueron formando reyes y  reinas, alfiles y torres... plic, plic, plicplicplic …


...Adam despertó sobresaltado al oír el despertador. Marcaba las seis de la mañana. Al otro lado de la ventana, la lluvia repiqueteaba con furia contra la persiana. Ella dormía plácidamente, acurrucada a su lado. Se levantó con cuidado, procurando no despertarla, y salió al pasillo dando tumbos. Estuvo a punto de armar un escándalo al tropezar con varios tablones de madera que se amontonaban a ambos lados del corredor, pero logró detenerlos justo a tiempo. Acababan de mudarse a aquel piso y todavía estaba todo patas arriba.

Fue a la habitación donde guardaba la plancha y la enchufó para que se calentase mientras se daba una ducha. La habitación también estaba hecha una leonera, repleta de cajas a medio desempaquetar y de muebles esperando a ser montados. Suspiró ante aquel panorama y se dirigió hacia la cocina. Preparó café y puso dos tostadas en la tostadora.

En apenas diez minutos se había duchado y apuraba a toda prisa una taza de café caliente con una de las tostadas. Planchó la camisa a toda prisa mientras miraba el reloj de su muñeca, nervioso. Su nuevo jefe le había dejado bien claro lo mucho que detestaba la falta de puntualidad. Se puso la camisa, recogió su cartera y salió por la puerta.

En la calle, el cielo oscuro escupía una lluvia de mil demonios. Corriendo paraguas en mano, se acercó al coche. Plegó el paraguas, lo lanzó sobre el asiento trasero junto a la cartera y se dispuso a partir hacia la oficina a toda prisa.



Sobre el tablero, las piezas caían inexorablemente una tras otra. Cada vez que el anciano o la mujer eliminaban una de su oponente, esta caía sobre la nieve del suelo para desaparecer por siempre. 
Daba la impresión de que ella iba perdiendo.

- Algo apesta a quemado- rió el anciano- y por una vez, no soy yo.

- No está todo perdido aún- sonrió ella, pero su voz sonaba más apagada que al comenzar la partida. Con dos finos dedos, tan blancos como la nieve que les rodeaba, cogió el alfil y lo desplazó, hasta empujar con él la torre del anciano. La pieza resbaló hasta desaparecer por un extremo del tablero. Sonrió satisfecha.

El soltó un bufido, carraspeó y escupió al suelo. Luego se acarició la barbilla, pensativo.



La caravana de luces rojas se extendía frente al coche de Adam, hasta más allá de la rotonda que daba paso a la autopista – Maldita sea, voy a llegar tarde. ¡Voy a llegar tarde!- pulsó el claxon, impotente. Siempre sucede lo mismo los días de lluvia. No me explico por qué nadie ha hecho nada para remediarlo. Tendría que haber salido antes de casa. Tendría que haberlo previsto. Tendría que… De pronto, algo le vino a la cabeza. ¿He apagado la plancha? ¡Maldita sea!¡Maldita sea!


El anciano estaba cada vez más contento, y ella parecía cada vez más preocupada. Apenas quedaban cuatro piezas en el tablero. Parecía todo perdido.
El anciano se acariciaba la barba, complacido por lo que veía. Realizó su movimiento, y la miró con expresión satisfecha.

-Dime, ¿Qué piensas hacer ahora?- se burló.

Ella le miró. Luego miró las piezas que quedaban sobre el tablero. Luego volvió a mirarle a él. Y sonrió. Y Moviendo el álfil, le dijo:


-‘’Jaque mate’’-.

Adam maldijo entre dientes. Estaba seguro de que aquello le iba a costar una buena reprimenda por parte de su jefe. Dio la vuelta al llegar a la rotonda y se dirigió de vuelta a casa.

Pudo notar el olor a quemado nada más abrir la puerta. Corríó precipitadamente hacia la habitación de la plancha. Llegó justo cuando las primeras llamas comenzaban a lamer la caja más cercana. La tiró al suelo y la pisoteó enérgicamente, hasta que consiguió apagarla. No fue más lejos que aquello. Abrió la ventana para dejar que el humo se disipase y apagó la plancha.

-¿Qué pasa cariño?- Eva estaba a su espalda. Iba desnuda excepto por una pequeña braguita. Tenía los ojos abiertos como platos y tosía debido al humo. Adam se levantó del suelo y se dirigió hacia ella.

–Lo siento Eva. Me he dejado la plancha encendida- dijo, abrazándola- No volverá a pasar.
Su novia se había llevado un buen susto. No pudo evitar reprenderle por su despiste. Pero el la escuchó sin replicar: Se sentía tremendamente aliviado. Era consciente de lo mucho que podía haber perdido allí aquella mañana. Bien valía la pena llegar tarde al trabajo.



El anciano barrió de un furioso manotazo las pocas piezas que quedaben sobre el tablero . Le dirigió a la mujer una mirada cargada de rencor.

-¡La próxima vez seré yo quien te humille!- gritó, amenazándola con el dedo.

- ¿Jamás lo entenderás, verdad, Lucifer?- sonrió ella, levantándose de la mesa, y alejándose. El anciano hizo lo mismo, y apoyándose en el bastón, se dispuso a marcharse.

-¿Qué debo comprender?- gruñó a su espalda- ¿Que no tienen remedio?

- Puede que no tengan remedio- asintió ella, girándose - Puede que la próxima vez él  no llegue a tiempo. Puede que la próxima vez sea ella. Sucede a cada momento y lo sabes. Lo que no comprendes, es que ni tú ni yo tenemos nada que ver en eso.

 – ¿Entonces, se puede saber por qué venimos a este maldito lugar, a jugar a este estúpido juego una y otra vez?

-Porque sin ellos, ni tú ni yo existiríamos- señaló la cima de la montaña con un gesto de su mano- Ni este lugar tampoco. Hemos venido y seguiremos viniendo, porque ellos así lo quieren.

El anciano asintió, y sin despedirse, se dio media vuelta y comenzó a andar con paso titubeante. Ella continuó caminando en dirección opuesta, con la certeza de que muy pronto volverían a encontrarse.

                                                                      ***



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