martes, 16 de noviembre de 2010

Desde el Infierno

      Estaba anocheciendo y hacía bastante frio. Regresaba a casa a toda prisa. Llegaba  tarde y estaba seguro que me iba a caer una reprimenda de las gordas. Al ir a cruzar una avenida, reparé en que al otro lado de la calle, justo enfrente, se encontraba la entrada a un callejón. Había pasado por allí un millar de veces, quizá más, pero no recordaba haberlo visto antes. No le di mayor importancia, así que, como iba con bastante prisa y aquel sitio tenía pinta de atajo, decidí probar. Ese fue mi primer error.

     Entré allí con cautela. Estaba bastante oscuro, tanto que no se veía la luz de la calle al otro extremo. Es fácil saber a qué tipo de callejuela me refiero: una de esas tan poco recomendables de transitar- sobre todo cuando anochece-angosta, sucia y mal iluminada.

    La luz de algunas puertas me acompañó durante un trecho. Podía escuchar el alboroto proveniente de su interior. Eran las puertas de las cocinas de los restaurantes, cuyas entradas estaban en la avenida que acababa de dejar atrás.

    Aquellos ruidos se fueron apagando a medida que me internaba más en aquella siniestra grieta abierta entre edificios, flanqueado por dos altos muros de ladrillo que se perdían en el cielo nocturno.

    Llevaba un rato caminando, guiándome con una mano apoyada a la pared, cuando unos insistentes golpes llamaron mi atención. Me detuve en seco y presté atención. No había nadie detrás de mí. Tampoco delante. El corazón me latía muy deprisa. Pensé que probablemente sería un ladrón de poca monta o algún yonqui intentando llamar la atención. Tuve la tentación de echar a correr, pero con aquella oscuridad lo más probable es que acabase tropezando y haciéndome daño, o ensuciándome la ropa, con lo que la reprimenda de mis padres sería por partida doble. Además, se me hacia tarde y ya había perdido demasiado tiempo en aquel maldito atajo.

    Me disponía a continuar cuando aquellos golpes sonaron otra vez. Luego alguien gritó. Fue un grito de pánico. Alguien desesperado, pidiendo socorro. Sonaba amortiguado, como si estuviese al otro lado de la pared; como el ruido de las cocinas que acababa de dejar atrás.

   Seguí aquel golpeteo incesante hasta que pude distinguir, un poco más adelante en la misma pared, una pequeña puerta de metal. Una puerta de color negro.

    Me acerqué más, y vi que la puerta tenía un pequeño agujero. Como si alguien hubiese taladrado un boquete para colocar una mirilla y luego se le hubiese olvidado ponerla. No pude evitarlo. Miré a través del pequeño orificio. El otro lado estaba aún más oscuro. No como la oscuridad de la calle, no sé muy bien cómo describirlo, pero quizá si alguien me hubiese preguntado, le hubiese dicho que a través de aquel agujero se divisaba Oscuridad Pura.
    Como los golpes habían cesado, decidí golpear la puerta yo. Ese fue mi segundo error.

¡Eh!- grité- ¿va todo bien, amigo?

    En aquel momento, un ojo surgió desde la oscuridad del otro lado. Alguien me observaba desde dentro. Golpeó la puerta con fuerza. Di tal salto para apartarme de allí, que me estrellé de espaldas contra la pared contigua y caí al suelo.

-¡Ayúdame!- Gritó. Por la voz, parecía un chico joven- ¡Por favor, ayúdame!¡Ayúdame!. No dejaba de golpear la puerta.

Luego dejó escapar un alarido, y el callejón quedó de nuevo sumido en el silencio.

Aquello era demasiado. Si era una broma, desde luego no tenía la menor gracia. Me incorporé a trompicones. El suelo estaba húmedo. Noté la pernera del pantalón empapada. Decidí mandarlo todo a la mierda y salir corriendo de aquel sitio.

Pero no llegué muy lejos: Al poco, me di de bruces contra un muro de ladrillo, idéntico a las paredes: Era un callejón sin salida.

Me di la vuelta y me dispuse a deshacer el camino a toda prisa. Pasé a toda velocidad frente a la puerta, cuyo marco se difuminaba entre las sombras de la pared. Corrí con todas mis fuerzas. Ya no pensaba en lo tarde que llegaría, no pensaba en aquel hombre que pedía ayuda. Solo quería salir de allí.

Pensaba en ello como un demente, justo cuando volví a encontrarme el paso cerrado por un nuevo muro de ladrillo. Un muro que antes no estaba allí. Aquello no tenía sentido. Volví sobre mis pasos, aturdido. De nuevo, dejé atrás la puerta negra. Pero esta vez, el muro que me cortaba la huida estaba más cerca que antes. Estaba encerrado. Me apoyé contra el muro y levanté la vista, buscando asideros por los que trepar, pero no encontré ninguno. El muro era liso, sin cañerías, ni ventanas. En lo más alto, el cielo estaba repleto de estrellas, que parecían observarme como los niños observan a un gusano de seda metido en una caja.

Escuché un crujido, y bajé la vista. No sé cómo, pero volvía a tener aquella maldita puerta delante de mí.

Y acababa de abrirse.

No tenía más escapatoria. Aquello era de locos. Así que, con mucha cautela, empujé la puerta. Ésta se abrió con un chirrido oxidado. Metí el brazo despacio por la abertura y, a tientas desde el umbral, di con un interruptor cercano a la entrada. La luz se adueñó de aquel lugar. Me hizo daño a la vista.

Cuando los ojos se me acostumbraron, lo que vi me dejó perplejo:

Era una especie de trastero. Pintado en el suelo, un gran pentáculo de color rojo daba una macabra bienvenida a todo aquel que entrase. Por todas partes, las estanterías estaban repletas de cachivaches esotéricos, cirios a medio consumir y cráneos de animales. Al fondo, sobre una tarima de madera, descansaban varios instrumentos musicales: Guitarras eléctricas, una batería, amplificadores… Parecía un local de ensayo para uno de esos malditos grupos de heavy metal que adoran al diablo. No quedaba ni rastro de aquel tipo al que había oído gritar, quizá hubiese encontrado una salida alternativa...

Escudriñé el lugar una y otra vez desde la entrada, para ver si lograba dar con otra puerta, tras la batería, detrás de las estanterías, pero no logré verla desde allí, así que entré allí dentro. Y ese fue mi último error.

La puerta se cerró, y la luz se apagó.

El miedo me pudo de nuevo. Me abalancé sobre la puerta e intenté abrirla. Estaba cerrada a cal y canto. Golpeé la chapa metálica con fuerza. ¡Ayuda!¡eh! ¡Ayuda!. Podía ver un poco de luz a través de la mirilla.

No obtuve respuesta.

Allí dentro, todo quedó en silencio. Podía escuchar mi propia respiración, el latido de mi corazón, el crujir de mi ropa…

De pronto, alguien contestó desde el callejón. Miré por aquel pequeño agujero. Allí fuera había alguien mirando. Me pareció un joven, no logré verle bién la cara porque retrocedió nada más verme .

-¡Ayúdame!- Le grité, aporreando la puerta una y otra vez, desesperado -¡Por favor, ayúdame!¡Ayúdame!.

Algo se movió. Escuché un pequeño susurro tras mi nuca. Alguien más estaba allí dentro conmigo.

-¡Eh!- pregunté a quien fuera que estuviese a mi espalda– Te he oído gritar antes…¿eres tú, amigo?- No contestó, pero supe de inmediato que lo tenía detrás de mí. Justo detrás.

Insistí, girándome lentamente hacia la oscuridad:

-¿Eres tú, amigo?-

Entonces, escuché una voz en mi cabeza. Una voz inhumana, profunda y cruel, que me dijo:
-‘’NO’’-

Dejé escapar un último grito, antes de que la oscuridad me arrastrase con ella para siempre.



domingo, 14 de noviembre de 2010

***La Montaña Más Grande del Mundo***


Al contrario de lo que todo el mundo cree, la montaña más grande del mundo jamás ha sido hollada por el ser humano. Su cima es plana, cubierta de nieve y parece extenderse hasta el infinito. Y quizá sea así.

Apareció caminando bajo el amanecer, sobre la inmaculada superficie blanca. Tenía aspecto de mujer. Su pelo, rojo y salvaje como el fuego de una hoguera en invierno, se derramaba a su espalda. Sus ojos eran dos esmeraldas brillantes, enmarcadas en un rostro salpicado de estrellas. Con pasos ágiles, se encaminó hacia una mesa de cristal situada justo en el centro de la yerma extensión. Era un tablero de ajedrez. Se sentó en una pequeña silla en uno de los extremos del tablero, y observó el asiento vacío que tenía justo enfrente. Y esperó.

Al poco rato, el cielo azul se cubrió de oscuras nubes, espesas y amenazadoras. A lo lejos, bajo la inminente tormenta, distinguió una figura oscura, que avanzaba cojeando en su dirección.

Ella sonrió al verle llegar. Parecía un hombre de avanzada edad. Se cubría el cuerpo con una raída gabardina marrón y apoyaba el peso de sus años sobre un bastón cuyas tallas habían desaparecido hacia siglos. Una barba sucia y enmarañada le cubría gran parte del rostro.

-Ya era hora- canturreó al tenerlo delante, con una voz dulce como la miel.

- No te quejes- farfulló el anciano, con voz rota y cansada. Se sentó frente a ella. Luego señaló la mesa y gruñó: empecemos con el juego.
Para cuando dijo aquello, el cielo ya estaba completamente cubierto por la oscuridad de la tormenta.

‘’Plic, Plic, Plic’’

Comenzó a llover sobre la cima de la montaña, pero aquello no pareció afectar a ninguno de los dos. Las gotas de lluvia que caían sobre el tablero comenzaron a unirse entre sí, primero con suavidad, luego cada vez con más fuerza.

‘’Plic, Plic, Plic’’

Una a una, las gotas fueron formando reyes y  reinas, alfiles y torres... plic, plic, plicplicplic …


...Adam despertó sobresaltado al oír el despertador. Marcaba las seis de la mañana. Al otro lado de la ventana, la lluvia repiqueteaba con furia contra la persiana. Ella dormía plácidamente, acurrucada a su lado. Se levantó con cuidado, procurando no despertarla, y salió al pasillo dando tumbos. Estuvo a punto de armar un escándalo al tropezar con varios tablones de madera que se amontonaban a ambos lados del corredor, pero logró detenerlos justo a tiempo. Acababan de mudarse a aquel piso y todavía estaba todo patas arriba.

Fue a la habitación donde guardaba la plancha y la enchufó para que se calentase mientras se daba una ducha. La habitación también estaba hecha una leonera, repleta de cajas a medio desempaquetar y de muebles esperando a ser montados. Suspiró ante aquel panorama y se dirigió hacia la cocina. Preparó café y puso dos tostadas en la tostadora.

En apenas diez minutos se había duchado y apuraba a toda prisa una taza de café caliente con una de las tostadas. Planchó la camisa a toda prisa mientras miraba el reloj de su muñeca, nervioso. Su nuevo jefe le había dejado bien claro lo mucho que detestaba la falta de puntualidad. Se puso la camisa, recogió su cartera y salió por la puerta.

En la calle, el cielo oscuro escupía una lluvia de mil demonios. Corriendo paraguas en mano, se acercó al coche. Plegó el paraguas, lo lanzó sobre el asiento trasero junto a la cartera y se dispuso a partir hacia la oficina a toda prisa.



Sobre el tablero, las piezas caían inexorablemente una tras otra. Cada vez que el anciano o la mujer eliminaban una de su oponente, esta caía sobre la nieve del suelo para desaparecer por siempre. 
Daba la impresión de que ella iba perdiendo.

- Algo apesta a quemado- rió el anciano- y por una vez, no soy yo.

- No está todo perdido aún- sonrió ella, pero su voz sonaba más apagada que al comenzar la partida. Con dos finos dedos, tan blancos como la nieve que les rodeaba, cogió el alfil y lo desplazó, hasta empujar con él la torre del anciano. La pieza resbaló hasta desaparecer por un extremo del tablero. Sonrió satisfecha.

El soltó un bufido, carraspeó y escupió al suelo. Luego se acarició la barbilla, pensativo.



La caravana de luces rojas se extendía frente al coche de Adam, hasta más allá de la rotonda que daba paso a la autopista – Maldita sea, voy a llegar tarde. ¡Voy a llegar tarde!- pulsó el claxon, impotente. Siempre sucede lo mismo los días de lluvia. No me explico por qué nadie ha hecho nada para remediarlo. Tendría que haber salido antes de casa. Tendría que haberlo previsto. Tendría que… De pronto, algo le vino a la cabeza. ¿He apagado la plancha? ¡Maldita sea!¡Maldita sea!


El anciano estaba cada vez más contento, y ella parecía cada vez más preocupada. Apenas quedaban cuatro piezas en el tablero. Parecía todo perdido.
El anciano se acariciaba la barba, complacido por lo que veía. Realizó su movimiento, y la miró con expresión satisfecha.

-Dime, ¿Qué piensas hacer ahora?- se burló.

Ella le miró. Luego miró las piezas que quedaban sobre el tablero. Luego volvió a mirarle a él. Y sonrió. Y Moviendo el álfil, le dijo:


-‘’Jaque mate’’-.

Adam maldijo entre dientes. Estaba seguro de que aquello le iba a costar una buena reprimenda por parte de su jefe. Dio la vuelta al llegar a la rotonda y se dirigió de vuelta a casa.

Pudo notar el olor a quemado nada más abrir la puerta. Corríó precipitadamente hacia la habitación de la plancha. Llegó justo cuando las primeras llamas comenzaban a lamer la caja más cercana. La tiró al suelo y la pisoteó enérgicamente, hasta que consiguió apagarla. No fue más lejos que aquello. Abrió la ventana para dejar que el humo se disipase y apagó la plancha.

-¿Qué pasa cariño?- Eva estaba a su espalda. Iba desnuda excepto por una pequeña braguita. Tenía los ojos abiertos como platos y tosía debido al humo. Adam se levantó del suelo y se dirigió hacia ella.

–Lo siento Eva. Me he dejado la plancha encendida- dijo, abrazándola- No volverá a pasar.
Su novia se había llevado un buen susto. No pudo evitar reprenderle por su despiste. Pero el la escuchó sin replicar: Se sentía tremendamente aliviado. Era consciente de lo mucho que podía haber perdido allí aquella mañana. Bien valía la pena llegar tarde al trabajo.



El anciano barrió de un furioso manotazo las pocas piezas que quedaben sobre el tablero . Le dirigió a la mujer una mirada cargada de rencor.

-¡La próxima vez seré yo quien te humille!- gritó, amenazándola con el dedo.

- ¿Jamás lo entenderás, verdad, Lucifer?- sonrió ella, levantándose de la mesa, y alejándose. El anciano hizo lo mismo, y apoyándose en el bastón, se dispuso a marcharse.

-¿Qué debo comprender?- gruñó a su espalda- ¿Que no tienen remedio?

- Puede que no tengan remedio- asintió ella, girándose - Puede que la próxima vez él  no llegue a tiempo. Puede que la próxima vez sea ella. Sucede a cada momento y lo sabes. Lo que no comprendes, es que ni tú ni yo tenemos nada que ver en eso.

 – ¿Entonces, se puede saber por qué venimos a este maldito lugar, a jugar a este estúpido juego una y otra vez?

-Porque sin ellos, ni tú ni yo existiríamos- señaló la cima de la montaña con un gesto de su mano- Ni este lugar tampoco. Hemos venido y seguiremos viniendo, porque ellos así lo quieren.

El anciano asintió, y sin despedirse, se dio media vuelta y comenzó a andar con paso titubeante. Ella continuó caminando en dirección opuesta, con la certeza de que muy pronto volverían a encontrarse.

                                                                      ***