Estaba anocheciendo y hacía bastante frio. Regresaba a casa a toda prisa. Llegaba tarde y estaba seguro que me iba a caer una reprimenda de las gordas. Al ir a cruzar una avenida, reparé en que al otro lado de la calle, justo enfrente, se encontraba la entrada a un callejón. Había pasado por allí un millar de veces, quizá más, pero no recordaba haberlo visto antes. No le di mayor importancia, así que, como iba con bastante prisa y aquel sitio tenía pinta de atajo, decidí probar. Ese fue mi primer error.
Entré allí con cautela. Estaba bastante oscuro, tanto que no se veía la luz de la calle al otro extremo. Es fácil saber a qué tipo de callejuela me refiero: una de esas tan poco recomendables de transitar- sobre todo cuando anochece-angosta, sucia y mal iluminada.
La luz de algunas puertas me acompañó durante un trecho. Podía escuchar el alboroto proveniente de su interior. Eran las puertas de las cocinas de los restaurantes, cuyas entradas estaban en la avenida que acababa de dejar atrás.
Aquellos ruidos se fueron apagando a medida que me internaba más en aquella siniestra grieta abierta entre edificios, flanqueado por dos altos muros de ladrillo que se perdían en el cielo nocturno.
Llevaba un rato caminando, guiándome con una mano apoyada a la pared, cuando unos insistentes golpes llamaron mi atención. Me detuve en seco y presté atención. No había nadie detrás de mí. Tampoco delante. El corazón me latía muy deprisa. Pensé que probablemente sería un ladrón de poca monta o algún yonqui intentando llamar la atención. Tuve la tentación de echar a correr, pero con aquella oscuridad lo más probable es que acabase tropezando y haciéndome daño, o ensuciándome la ropa, con lo que la reprimenda de mis padres sería por partida doble. Además, se me hacia tarde y ya había perdido demasiado tiempo en aquel maldito atajo.
Me disponía a continuar cuando aquellos golpes sonaron otra vez. Luego alguien gritó. Fue un grito de pánico. Alguien desesperado, pidiendo socorro. Sonaba amortiguado, como si estuviese al otro lado de la pared; como el ruido de las cocinas que acababa de dejar atrás.
Seguí aquel golpeteo incesante hasta que pude distinguir, un poco más adelante en la misma pared, una pequeña puerta de metal. Una puerta de color negro.
Me acerqué más, y vi que la puerta tenía un pequeño agujero. Como si alguien hubiese taladrado un boquete para colocar una mirilla y luego se le hubiese olvidado ponerla. No pude evitarlo. Miré a través del pequeño orificio. El otro lado estaba aún más oscuro. No como la oscuridad de la calle, no sé muy bien cómo describirlo, pero quizá si alguien me hubiese preguntado, le hubiese dicho que a través de aquel agujero se divisaba Oscuridad Pura.
Como los golpes habían cesado, decidí golpear la puerta yo. Ese fue mi segundo error.
¡Eh!- grité- ¿va todo bien, amigo?
En aquel momento, un ojo surgió desde la oscuridad del otro lado. Alguien me observaba desde dentro. Golpeó la puerta con fuerza. Di tal salto para apartarme de allí, que me estrellé de espaldas contra la pared contigua y caí al suelo.
-¡Ayúdame!- Gritó. Por la voz, parecía un chico joven- ¡Por favor, ayúdame!¡Ayúdame!. No dejaba de golpear la puerta.
Luego dejó escapar un alarido, y el callejón quedó de nuevo sumido en el silencio.
Aquello era demasiado. Si era una broma, desde luego no tenía la menor gracia. Me incorporé a trompicones. El suelo estaba húmedo. Noté la pernera del pantalón empapada. Decidí mandarlo todo a la mierda y salir corriendo de aquel sitio.
Pero no llegué muy lejos: Al poco, me di de bruces contra un muro de ladrillo, idéntico a las paredes: Era un callejón sin salida.
Me di la vuelta y me dispuse a deshacer el camino a toda prisa. Pasé a toda velocidad frente a la puerta, cuyo marco se difuminaba entre las sombras de la pared. Corrí con todas mis fuerzas. Ya no pensaba en lo tarde que llegaría, no pensaba en aquel hombre que pedía ayuda. Solo quería salir de allí.
Pensaba en ello como un demente, justo cuando volví a encontrarme el paso cerrado por un nuevo muro de ladrillo. Un muro que antes no estaba allí. Aquello no tenía sentido. Volví sobre mis pasos, aturdido. De nuevo, dejé atrás la puerta negra. Pero esta vez, el muro que me cortaba la huida estaba más cerca que antes. Estaba encerrado. Me apoyé contra el muro y levanté la vista, buscando asideros por los que trepar, pero no encontré ninguno. El muro era liso, sin cañerías, ni ventanas. En lo más alto, el cielo estaba repleto de estrellas, que parecían observarme como los niños observan a un gusano de seda metido en una caja.
Escuché un crujido, y bajé la vista. No sé cómo, pero volvía a tener aquella maldita puerta delante de mí.
Y acababa de abrirse.
No tenía más escapatoria. Aquello era de locos. Así que, con mucha cautela, empujé la puerta. Ésta se abrió con un chirrido oxidado. Metí el brazo despacio por la abertura y, a tientas desde el umbral, di con un interruptor cercano a la entrada. La luz se adueñó de aquel lugar. Me hizo daño a la vista.
Cuando los ojos se me acostumbraron, lo que vi me dejó perplejo:
Era una especie de trastero. Pintado en el suelo, un gran pentáculo de color rojo daba una macabra bienvenida a todo aquel que entrase. Por todas partes, las estanterías estaban repletas de cachivaches esotéricos, cirios a medio consumir y cráneos de animales. Al fondo, sobre una tarima de madera, descansaban varios instrumentos musicales: Guitarras eléctricas, una batería, amplificadores… Parecía un local de ensayo para uno de esos malditos grupos de heavy metal que adoran al diablo. No quedaba ni rastro de aquel tipo al que había oído gritar, quizá hubiese encontrado una salida alternativa...
Escudriñé el lugar una y otra vez desde la entrada, para ver si lograba dar con otra puerta, tras la batería, detrás de las estanterías, pero no logré verla desde allí, así que entré allí dentro. Y ese fue mi último error.
La puerta se cerró, y la luz se apagó.
El miedo me pudo de nuevo. Me abalancé sobre la puerta e intenté abrirla. Estaba cerrada a cal y canto. Golpeé la chapa metálica con fuerza. ¡Ayuda!¡eh! ¡Ayuda!. Podía ver un poco de luz a través de la mirilla.
No obtuve respuesta.
Allí dentro, todo quedó en silencio. Podía escuchar mi propia respiración, el latido de mi corazón, el crujir de mi ropa…
De pronto, alguien contestó desde el callejón. Miré por aquel pequeño agujero. Allí fuera había alguien mirando. Me pareció un joven, no logré verle bién la cara porque retrocedió nada más verme .
-¡Ayúdame!- Le grité, aporreando la puerta una y otra vez, desesperado -¡Por favor, ayúdame!¡Ayúdame!.
Algo se movió. Escuché un pequeño susurro tras mi nuca. Alguien más estaba allí dentro conmigo.
-¡Eh!- pregunté a quien fuera que estuviese a mi espalda– Te he oído gritar antes…¿eres tú, amigo?- No contestó, pero supe de inmediato que lo tenía detrás de mí. Justo detrás.
Insistí, girándome lentamente hacia la oscuridad:
-¿Eres tú, amigo?-
Entonces, escuché una voz en mi cabeza. Una voz inhumana, profunda y cruel, que me dijo:
-‘’NO’’-
Dejé escapar un último grito, antes de que la oscuridad me arrastrase con ella para siempre.
