viernes, 15 de octubre de 2010

Duelo con un Cliché

Tras largas horas fuera de casa, por fin lograba sentarme frente al portátil.
La página en blanco esperaba delante de mis narices a que eligiese un comienzo.

Me concentré en un punto del lienzo virtual, y mis dedos comenzaron a moverse para pintar una historia…

Y el caballero entró en el claro del bosque, frente a la cueva del dragón, dispuesto a rescatar a la dama en apuros.
Le hice desaparecer por completo, antes de volver a mirar fijamente dentro de la pantalla…

Y el policía apuró su vaso de whisky barato con una mano, mientras sopesaba su arma con la otra.
En sus ojos, lágrimas de rabia por una pérdida inevitable.
En su mente una sola idea: Venganza.

No funcionaba. Quizá debiese probar con algo de corazón y un poco más de humor.

Me levanté a por un refresco y le di un par de caladas a un cigarrillo,
mientras mi mente intentaba salir a flote, inmersa como estaba en un mar de ideas confusas y poco convincentes.

La pantalla volvía a estar en blanco nada más volver a sentarme. Carraspeé. Toda la semana esperando.
Aquello tenía que acabar; pero para acabar debía comenzar de algún modo…

Pulsé las teclas de nuevo…

Y ella, habiendo superado la ira inicial que le provocó saber de la infidelidad de aquel idiota, esperaba, con pose alicaída,
a que la azafata facturase su equipaje. Su único acompañante en su regreso a la casa de su madre.
Y entonces llegó el. Mal vestido, apenas aseado, corriendo como un loco por el terminal, buscándola.
Y al verla, se arrodilló y a voz en grito aclaró el malentendido, implorando su perdón.
Todos a su alrededor observaban, divertidos…

Nada. Basura. Cliché maldito.
Un virus en mi cerebro, instalado allí a base de repeticiones que se pierden en un pasado repleto de guiones baratos, de fórmulas repetidas hasta la náusea....

Se oyó la puerta de casa. Un grito infantil. Y un pequeño monstruo al que adoro entró correteando, seguido de cerca por su padre.
Volvían de un día en el Zoo. Un día agotador, vista la cara del progenitor.

El niño blandía el peluche de un leopardo como si fuese a utilizarlo para atracar a alguien.
Se sentó sobre mis rodillas para enseñármelo.
-¿Qué corre más?- preguntó sin decirme ni hola - ¿Un leopardo, o un elefante?
- Un Leopardo, creo…- bromeé.
- ¿Y si el Leopardo tuviese tres patas?
- Entonces el elefante lo atraparía, supongo…-

Y así, durante un buen rato, repasamos la gran mayoría de animales del zoo,
comparándolos, mezclándolos de formas cada vez más osadas entre ellos,
creando quimeras, fruto de la voraz imaginación de aquel niño…

Luego su padre y yo hablamos de cosas no demasiado urgentes y para nada preocupantes,
mientras el pequeño se quedaba dormido en el sofá de casa.
Finalmente, ambos se fueron, dejándome de nuevo con la pantalla inmaculada sobre la mesa.
Me senté frente a ella una vez más, y les reuní a todos:
Y cuando tuve juntos a la pareja, al policía, al caballero y a su dama, e incluso al dragón, les pregunté:

-¿Qué corre más, un leopardo o un elefante?




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