
Me llamo Nadie. Y estoy esperando a ver amanecer en un prado no muy lejos de casa, rodeado de hombres como yo.
Alineados de cualquier manera, observamos el otro lado del campo. A pocos metros frente a nosotros, otra fila de hombres nos observa. Esperan una señal de su señor, ese que va a caballo, cubierto de pies a cabeza por una coraza de metal.
Su único propósito, acabar con nosotros y seguir adelante. Destruir nuestras casas, quemar nuestras cosechas, violar a nuestras mujeres y matar a nuestros hijos.
Nuestro único propósito: Impedir que lo logren.
Pienso en mi mujer, y en mi hijo. Anoche les pedí que huyesen. Espero que me hayan hecho caso y que estén lo suficientemente lejos cuando esta locura haya acabado.
La lanza que me han prestado, de madera anciana y punta oxidada, es la única herramienta de que dispongo para hacer frente al enemigo. Me estoy meando. Quizá sea el miedo. Tengo que hacer un verdadero esfuerzo para contenerme. Por el fuerte olor deduzco que otros no lo han logrado.
Un hombre a caballo pasa por delante nuestro, recorriendo la hilera de hombres cansados, nerviosos y petrificados, como yo. Es el noble que gobierna estas tierras. Se levanta la visera del yelmo que le cubre la cara y dice algo en voz alta. Intenta alentarnos para que defendamos nuestro hogar. Así podremos seguir viviendo en paz.
Defender esta tierra, su tierra. A cualquier precio. Nos recuerda que nuestra libertad no se compra con miedo. Olvida mencionar que se compra con nuestro trabajo, con los impuestos que pagamos a su casa a cambio de poder respirar este aire y comer parte de nuestra propia comida.
Otro hombre a su lado sostiene una cruz en alto. Va a pié. Nos habla del amor que el Señor nos profesa. Nos pide que no tengamos miedo. Nos describe el lugar que nos espera, si nuestra misión fracasa.
Huir me pasa por la cabeza, a medida que la plegaria del monje se esparce entre nuestras escasas filas. Pero mis pies están pegados al suelo, mi torso se apoya sobre la lanza.
Mis compañeros, labriegos; picapedreros; curtidores; herreros; mueven los labios rezando sus propias oraciones.
El monje se retira hasta un puesto seguro. Luego el hombre a caballo da la señal, baja su visera y carga contra el enemigo.
Los hombres que tengo delante gritan todos al unísono, blandiendo sus armas en el aire, corriendo tras el caballero, atropelladamente, hacia una muerte segura. Sigo al que va frente a mí. Me mantengo agazapado detrás; quizá sea un cobarde, pero no tengo otro modo de protegerme de las saetas que llueven sobre nuestras cabezas. Los que me siguen, empujan como corderos asustados. Me obligan a apretar el paso para no hacerles tropezar.
Observo la avalancha de cuerpos que se nos viene encima ahí delante, lanzas en ristre, listas para caer sobre nosotros.
Algunos parecen soldados, más experimentados, curtidos en el arte de matar. Otros se parecen a nosotros. Tan perdidos. Tan asustados.Solo espero que las enfermedades y las batallas que cargan a sus espaldas les hayan debilitado lo suficiente como para poder derribar a uno o dos antes de que el Señor se me lleve.
Las filas delanteras han chocado violentamente. Los escudos de ambos bandos han formado una pared infranqueable y empujan los unos contra los otros. Pelean a muerte por cada palmo de terreno.
Los brazos que no sujetan escudos, buscan a la desesperada huecos por donde colar los filos de las armas. Se oyen gemidos, gritos y maldiciones. Los hombres caen, sujetándose las tripas. Ruedan por el suelo intentando cubrir sus heridas con las manos. Salto sobre la espalda del que tengo delante y empujo mi lanza contra el lado opuesto. Se hunde con torpeza en la carne de alguien. Pierdo pié, caigo al suelo y la lanza se escapa de mis manos. Mi escudo humano cae sobre mí. Creo que está muerto. Están avanzando y en su avance alguien me pisa la cara. Nadie parece percatarse de que sigo vivo. Observo a mi alrededor.Siguen empujándose, cortándose, machacando carne y hueso.
El caballo de mi señor está a punto de aplastarme al pasar por mi lado. El hombre de hierro en su grupa, descarga una y otra vez su nobleza sobre las cabezas de nuestros enemigos.
No sé como logra distinguir a unos de otros, repletos como vamos de sangre y de barro.
Tras varios intentos, me deshago del peso inerte del cadáver que tengo encima. Recojo el arma que sostiene una mano sin vida. Es un hacha de leñador. Como yo, no está pensada para la batalla... pero servirá.
Un hombre, desde algún lugar no muy lejos de donde estoy ahora, grita algo en un idioma que no comprendo. Le veo alzar su espada y correr hacia mí. Tiene el rostro cubierto de sangre. No sé como lo hago, pero me aparto en el último momento y cuando pierde el equilibrio, aprovecho y le hundo el hacha en la parte trasera de la cofia. No atravieso la malla metálica, pero escucho el crujido del hueso al ceder con el golpe. Cae de bruces. Ya no se mueve. Pero muchos otros a su alrededor si que lo hacen. Están huyendo. Perdemos terreno mientras ellos nos dán caza. Me doy la vuelta. Entre el caos logro distinguir la línea de arboles que delimitan el final del campo de batalla. Hace un momento han sido nuestro punto de partida.
Agarro el hacha con fuerza. Y corro. Corro todo lo que puedo, en dirección a los árboles.
Quizá logre salir de aquí con vida. Solo pienso en reunirme ellos. Estoy seguro de que les encontraré tarde o temprano. Eso no es lo que más me preocupa ahora. En mi huida una fuerte punzada en el costado. Caigo al suelo, alcanzado por una flecha. Me llevo las manos a la herida y quedan totalmente empapadas en sangre.
Mi sangre.
Levanto la cabeza e intento arrastrarme haciendo uso de la poca fuerza que me queda. Un poco más. Solo un poco más.
Cerca de mí, un hombre acaba de darle el golpe de gracia a su rival. El cadáver se queda allí, tendido en el suelo. Creo reconocer su cara. Posiblemente la habré visto a diario en la villa. Pero no sabría decir dónde: mi mente se enturbia rápidamente.
El vencedor se gira y me ve. Sonríe. Sopesa su espada y se dirige hacia mi. Me dice algo en voz baja a medida que se acerca, pero no le entiendo. Vuelvo a fijar la vista en el bosque. Está oscureciendo. Hace un momento he visto despuntar el alba, no puede ser que anochezca tan pronto.
Me llamo Nadie, y vosotros sois el único motivo por el que he luchado. Solo espero que haya sido suficiente... y que estéis muy lejos.