martes, 16 de noviembre de 2010

Desde el Infierno

      Estaba anocheciendo y hacía bastante frio. Regresaba a casa a toda prisa. Llegaba  tarde y estaba seguro que me iba a caer una reprimenda de las gordas. Al ir a cruzar una avenida, reparé en que al otro lado de la calle, justo enfrente, se encontraba la entrada a un callejón. Había pasado por allí un millar de veces, quizá más, pero no recordaba haberlo visto antes. No le di mayor importancia, así que, como iba con bastante prisa y aquel sitio tenía pinta de atajo, decidí probar. Ese fue mi primer error.

     Entré allí con cautela. Estaba bastante oscuro, tanto que no se veía la luz de la calle al otro extremo. Es fácil saber a qué tipo de callejuela me refiero: una de esas tan poco recomendables de transitar- sobre todo cuando anochece-angosta, sucia y mal iluminada.

    La luz de algunas puertas me acompañó durante un trecho. Podía escuchar el alboroto proveniente de su interior. Eran las puertas de las cocinas de los restaurantes, cuyas entradas estaban en la avenida que acababa de dejar atrás.

    Aquellos ruidos se fueron apagando a medida que me internaba más en aquella siniestra grieta abierta entre edificios, flanqueado por dos altos muros de ladrillo que se perdían en el cielo nocturno.

    Llevaba un rato caminando, guiándome con una mano apoyada a la pared, cuando unos insistentes golpes llamaron mi atención. Me detuve en seco y presté atención. No había nadie detrás de mí. Tampoco delante. El corazón me latía muy deprisa. Pensé que probablemente sería un ladrón de poca monta o algún yonqui intentando llamar la atención. Tuve la tentación de echar a correr, pero con aquella oscuridad lo más probable es que acabase tropezando y haciéndome daño, o ensuciándome la ropa, con lo que la reprimenda de mis padres sería por partida doble. Además, se me hacia tarde y ya había perdido demasiado tiempo en aquel maldito atajo.

    Me disponía a continuar cuando aquellos golpes sonaron otra vez. Luego alguien gritó. Fue un grito de pánico. Alguien desesperado, pidiendo socorro. Sonaba amortiguado, como si estuviese al otro lado de la pared; como el ruido de las cocinas que acababa de dejar atrás.

   Seguí aquel golpeteo incesante hasta que pude distinguir, un poco más adelante en la misma pared, una pequeña puerta de metal. Una puerta de color negro.

    Me acerqué más, y vi que la puerta tenía un pequeño agujero. Como si alguien hubiese taladrado un boquete para colocar una mirilla y luego se le hubiese olvidado ponerla. No pude evitarlo. Miré a través del pequeño orificio. El otro lado estaba aún más oscuro. No como la oscuridad de la calle, no sé muy bien cómo describirlo, pero quizá si alguien me hubiese preguntado, le hubiese dicho que a través de aquel agujero se divisaba Oscuridad Pura.
    Como los golpes habían cesado, decidí golpear la puerta yo. Ese fue mi segundo error.

¡Eh!- grité- ¿va todo bien, amigo?

    En aquel momento, un ojo surgió desde la oscuridad del otro lado. Alguien me observaba desde dentro. Golpeó la puerta con fuerza. Di tal salto para apartarme de allí, que me estrellé de espaldas contra la pared contigua y caí al suelo.

-¡Ayúdame!- Gritó. Por la voz, parecía un chico joven- ¡Por favor, ayúdame!¡Ayúdame!. No dejaba de golpear la puerta.

Luego dejó escapar un alarido, y el callejón quedó de nuevo sumido en el silencio.

Aquello era demasiado. Si era una broma, desde luego no tenía la menor gracia. Me incorporé a trompicones. El suelo estaba húmedo. Noté la pernera del pantalón empapada. Decidí mandarlo todo a la mierda y salir corriendo de aquel sitio.

Pero no llegué muy lejos: Al poco, me di de bruces contra un muro de ladrillo, idéntico a las paredes: Era un callejón sin salida.

Me di la vuelta y me dispuse a deshacer el camino a toda prisa. Pasé a toda velocidad frente a la puerta, cuyo marco se difuminaba entre las sombras de la pared. Corrí con todas mis fuerzas. Ya no pensaba en lo tarde que llegaría, no pensaba en aquel hombre que pedía ayuda. Solo quería salir de allí.

Pensaba en ello como un demente, justo cuando volví a encontrarme el paso cerrado por un nuevo muro de ladrillo. Un muro que antes no estaba allí. Aquello no tenía sentido. Volví sobre mis pasos, aturdido. De nuevo, dejé atrás la puerta negra. Pero esta vez, el muro que me cortaba la huida estaba más cerca que antes. Estaba encerrado. Me apoyé contra el muro y levanté la vista, buscando asideros por los que trepar, pero no encontré ninguno. El muro era liso, sin cañerías, ni ventanas. En lo más alto, el cielo estaba repleto de estrellas, que parecían observarme como los niños observan a un gusano de seda metido en una caja.

Escuché un crujido, y bajé la vista. No sé cómo, pero volvía a tener aquella maldita puerta delante de mí.

Y acababa de abrirse.

No tenía más escapatoria. Aquello era de locos. Así que, con mucha cautela, empujé la puerta. Ésta se abrió con un chirrido oxidado. Metí el brazo despacio por la abertura y, a tientas desde el umbral, di con un interruptor cercano a la entrada. La luz se adueñó de aquel lugar. Me hizo daño a la vista.

Cuando los ojos se me acostumbraron, lo que vi me dejó perplejo:

Era una especie de trastero. Pintado en el suelo, un gran pentáculo de color rojo daba una macabra bienvenida a todo aquel que entrase. Por todas partes, las estanterías estaban repletas de cachivaches esotéricos, cirios a medio consumir y cráneos de animales. Al fondo, sobre una tarima de madera, descansaban varios instrumentos musicales: Guitarras eléctricas, una batería, amplificadores… Parecía un local de ensayo para uno de esos malditos grupos de heavy metal que adoran al diablo. No quedaba ni rastro de aquel tipo al que había oído gritar, quizá hubiese encontrado una salida alternativa...

Escudriñé el lugar una y otra vez desde la entrada, para ver si lograba dar con otra puerta, tras la batería, detrás de las estanterías, pero no logré verla desde allí, así que entré allí dentro. Y ese fue mi último error.

La puerta se cerró, y la luz se apagó.

El miedo me pudo de nuevo. Me abalancé sobre la puerta e intenté abrirla. Estaba cerrada a cal y canto. Golpeé la chapa metálica con fuerza. ¡Ayuda!¡eh! ¡Ayuda!. Podía ver un poco de luz a través de la mirilla.

No obtuve respuesta.

Allí dentro, todo quedó en silencio. Podía escuchar mi propia respiración, el latido de mi corazón, el crujir de mi ropa…

De pronto, alguien contestó desde el callejón. Miré por aquel pequeño agujero. Allí fuera había alguien mirando. Me pareció un joven, no logré verle bién la cara porque retrocedió nada más verme .

-¡Ayúdame!- Le grité, aporreando la puerta una y otra vez, desesperado -¡Por favor, ayúdame!¡Ayúdame!.

Algo se movió. Escuché un pequeño susurro tras mi nuca. Alguien más estaba allí dentro conmigo.

-¡Eh!- pregunté a quien fuera que estuviese a mi espalda– Te he oído gritar antes…¿eres tú, amigo?- No contestó, pero supe de inmediato que lo tenía detrás de mí. Justo detrás.

Insistí, girándome lentamente hacia la oscuridad:

-¿Eres tú, amigo?-

Entonces, escuché una voz en mi cabeza. Una voz inhumana, profunda y cruel, que me dijo:
-‘’NO’’-

Dejé escapar un último grito, antes de que la oscuridad me arrastrase con ella para siempre.



domingo, 14 de noviembre de 2010

***La Montaña Más Grande del Mundo***


Al contrario de lo que todo el mundo cree, la montaña más grande del mundo jamás ha sido hollada por el ser humano. Su cima es plana, cubierta de nieve y parece extenderse hasta el infinito. Y quizá sea así.

Apareció caminando bajo el amanecer, sobre la inmaculada superficie blanca. Tenía aspecto de mujer. Su pelo, rojo y salvaje como el fuego de una hoguera en invierno, se derramaba a su espalda. Sus ojos eran dos esmeraldas brillantes, enmarcadas en un rostro salpicado de estrellas. Con pasos ágiles, se encaminó hacia una mesa de cristal situada justo en el centro de la yerma extensión. Era un tablero de ajedrez. Se sentó en una pequeña silla en uno de los extremos del tablero, y observó el asiento vacío que tenía justo enfrente. Y esperó.

Al poco rato, el cielo azul se cubrió de oscuras nubes, espesas y amenazadoras. A lo lejos, bajo la inminente tormenta, distinguió una figura oscura, que avanzaba cojeando en su dirección.

Ella sonrió al verle llegar. Parecía un hombre de avanzada edad. Se cubría el cuerpo con una raída gabardina marrón y apoyaba el peso de sus años sobre un bastón cuyas tallas habían desaparecido hacia siglos. Una barba sucia y enmarañada le cubría gran parte del rostro.

-Ya era hora- canturreó al tenerlo delante, con una voz dulce como la miel.

- No te quejes- farfulló el anciano, con voz rota y cansada. Se sentó frente a ella. Luego señaló la mesa y gruñó: empecemos con el juego.
Para cuando dijo aquello, el cielo ya estaba completamente cubierto por la oscuridad de la tormenta.

‘’Plic, Plic, Plic’’

Comenzó a llover sobre la cima de la montaña, pero aquello no pareció afectar a ninguno de los dos. Las gotas de lluvia que caían sobre el tablero comenzaron a unirse entre sí, primero con suavidad, luego cada vez con más fuerza.

‘’Plic, Plic, Plic’’

Una a una, las gotas fueron formando reyes y  reinas, alfiles y torres... plic, plic, plicplicplic …


...Adam despertó sobresaltado al oír el despertador. Marcaba las seis de la mañana. Al otro lado de la ventana, la lluvia repiqueteaba con furia contra la persiana. Ella dormía plácidamente, acurrucada a su lado. Se levantó con cuidado, procurando no despertarla, y salió al pasillo dando tumbos. Estuvo a punto de armar un escándalo al tropezar con varios tablones de madera que se amontonaban a ambos lados del corredor, pero logró detenerlos justo a tiempo. Acababan de mudarse a aquel piso y todavía estaba todo patas arriba.

Fue a la habitación donde guardaba la plancha y la enchufó para que se calentase mientras se daba una ducha. La habitación también estaba hecha una leonera, repleta de cajas a medio desempaquetar y de muebles esperando a ser montados. Suspiró ante aquel panorama y se dirigió hacia la cocina. Preparó café y puso dos tostadas en la tostadora.

En apenas diez minutos se había duchado y apuraba a toda prisa una taza de café caliente con una de las tostadas. Planchó la camisa a toda prisa mientras miraba el reloj de su muñeca, nervioso. Su nuevo jefe le había dejado bien claro lo mucho que detestaba la falta de puntualidad. Se puso la camisa, recogió su cartera y salió por la puerta.

En la calle, el cielo oscuro escupía una lluvia de mil demonios. Corriendo paraguas en mano, se acercó al coche. Plegó el paraguas, lo lanzó sobre el asiento trasero junto a la cartera y se dispuso a partir hacia la oficina a toda prisa.



Sobre el tablero, las piezas caían inexorablemente una tras otra. Cada vez que el anciano o la mujer eliminaban una de su oponente, esta caía sobre la nieve del suelo para desaparecer por siempre. 
Daba la impresión de que ella iba perdiendo.

- Algo apesta a quemado- rió el anciano- y por una vez, no soy yo.

- No está todo perdido aún- sonrió ella, pero su voz sonaba más apagada que al comenzar la partida. Con dos finos dedos, tan blancos como la nieve que les rodeaba, cogió el alfil y lo desplazó, hasta empujar con él la torre del anciano. La pieza resbaló hasta desaparecer por un extremo del tablero. Sonrió satisfecha.

El soltó un bufido, carraspeó y escupió al suelo. Luego se acarició la barbilla, pensativo.



La caravana de luces rojas se extendía frente al coche de Adam, hasta más allá de la rotonda que daba paso a la autopista – Maldita sea, voy a llegar tarde. ¡Voy a llegar tarde!- pulsó el claxon, impotente. Siempre sucede lo mismo los días de lluvia. No me explico por qué nadie ha hecho nada para remediarlo. Tendría que haber salido antes de casa. Tendría que haberlo previsto. Tendría que… De pronto, algo le vino a la cabeza. ¿He apagado la plancha? ¡Maldita sea!¡Maldita sea!


El anciano estaba cada vez más contento, y ella parecía cada vez más preocupada. Apenas quedaban cuatro piezas en el tablero. Parecía todo perdido.
El anciano se acariciaba la barba, complacido por lo que veía. Realizó su movimiento, y la miró con expresión satisfecha.

-Dime, ¿Qué piensas hacer ahora?- se burló.

Ella le miró. Luego miró las piezas que quedaban sobre el tablero. Luego volvió a mirarle a él. Y sonrió. Y Moviendo el álfil, le dijo:


-‘’Jaque mate’’-.

Adam maldijo entre dientes. Estaba seguro de que aquello le iba a costar una buena reprimenda por parte de su jefe. Dio la vuelta al llegar a la rotonda y se dirigió de vuelta a casa.

Pudo notar el olor a quemado nada más abrir la puerta. Corríó precipitadamente hacia la habitación de la plancha. Llegó justo cuando las primeras llamas comenzaban a lamer la caja más cercana. La tiró al suelo y la pisoteó enérgicamente, hasta que consiguió apagarla. No fue más lejos que aquello. Abrió la ventana para dejar que el humo se disipase y apagó la plancha.

-¿Qué pasa cariño?- Eva estaba a su espalda. Iba desnuda excepto por una pequeña braguita. Tenía los ojos abiertos como platos y tosía debido al humo. Adam se levantó del suelo y se dirigió hacia ella.

–Lo siento Eva. Me he dejado la plancha encendida- dijo, abrazándola- No volverá a pasar.
Su novia se había llevado un buen susto. No pudo evitar reprenderle por su despiste. Pero el la escuchó sin replicar: Se sentía tremendamente aliviado. Era consciente de lo mucho que podía haber perdido allí aquella mañana. Bien valía la pena llegar tarde al trabajo.



El anciano barrió de un furioso manotazo las pocas piezas que quedaben sobre el tablero . Le dirigió a la mujer una mirada cargada de rencor.

-¡La próxima vez seré yo quien te humille!- gritó, amenazándola con el dedo.

- ¿Jamás lo entenderás, verdad, Lucifer?- sonrió ella, levantándose de la mesa, y alejándose. El anciano hizo lo mismo, y apoyándose en el bastón, se dispuso a marcharse.

-¿Qué debo comprender?- gruñó a su espalda- ¿Que no tienen remedio?

- Puede que no tengan remedio- asintió ella, girándose - Puede que la próxima vez él  no llegue a tiempo. Puede que la próxima vez sea ella. Sucede a cada momento y lo sabes. Lo que no comprendes, es que ni tú ni yo tenemos nada que ver en eso.

 – ¿Entonces, se puede saber por qué venimos a este maldito lugar, a jugar a este estúpido juego una y otra vez?

-Porque sin ellos, ni tú ni yo existiríamos- señaló la cima de la montaña con un gesto de su mano- Ni este lugar tampoco. Hemos venido y seguiremos viniendo, porque ellos así lo quieren.

El anciano asintió, y sin despedirse, se dio media vuelta y comenzó a andar con paso titubeante. Ella continuó caminando en dirección opuesta, con la certeza de que muy pronto volverían a encontrarse.

                                                                      ***



viernes, 15 de octubre de 2010

Duelo con un Cliché

Tras largas horas fuera de casa, por fin lograba sentarme frente al portátil.
La página en blanco esperaba delante de mis narices a que eligiese un comienzo.

Me concentré en un punto del lienzo virtual, y mis dedos comenzaron a moverse para pintar una historia…

Y el caballero entró en el claro del bosque, frente a la cueva del dragón, dispuesto a rescatar a la dama en apuros.
Le hice desaparecer por completo, antes de volver a mirar fijamente dentro de la pantalla…

Y el policía apuró su vaso de whisky barato con una mano, mientras sopesaba su arma con la otra.
En sus ojos, lágrimas de rabia por una pérdida inevitable.
En su mente una sola idea: Venganza.

No funcionaba. Quizá debiese probar con algo de corazón y un poco más de humor.

Me levanté a por un refresco y le di un par de caladas a un cigarrillo,
mientras mi mente intentaba salir a flote, inmersa como estaba en un mar de ideas confusas y poco convincentes.

La pantalla volvía a estar en blanco nada más volver a sentarme. Carraspeé. Toda la semana esperando.
Aquello tenía que acabar; pero para acabar debía comenzar de algún modo…

Pulsé las teclas de nuevo…

Y ella, habiendo superado la ira inicial que le provocó saber de la infidelidad de aquel idiota, esperaba, con pose alicaída,
a que la azafata facturase su equipaje. Su único acompañante en su regreso a la casa de su madre.
Y entonces llegó el. Mal vestido, apenas aseado, corriendo como un loco por el terminal, buscándola.
Y al verla, se arrodilló y a voz en grito aclaró el malentendido, implorando su perdón.
Todos a su alrededor observaban, divertidos…

Nada. Basura. Cliché maldito.
Un virus en mi cerebro, instalado allí a base de repeticiones que se pierden en un pasado repleto de guiones baratos, de fórmulas repetidas hasta la náusea....

Se oyó la puerta de casa. Un grito infantil. Y un pequeño monstruo al que adoro entró correteando, seguido de cerca por su padre.
Volvían de un día en el Zoo. Un día agotador, vista la cara del progenitor.

El niño blandía el peluche de un leopardo como si fuese a utilizarlo para atracar a alguien.
Se sentó sobre mis rodillas para enseñármelo.
-¿Qué corre más?- preguntó sin decirme ni hola - ¿Un leopardo, o un elefante?
- Un Leopardo, creo…- bromeé.
- ¿Y si el Leopardo tuviese tres patas?
- Entonces el elefante lo atraparía, supongo…-

Y así, durante un buen rato, repasamos la gran mayoría de animales del zoo,
comparándolos, mezclándolos de formas cada vez más osadas entre ellos,
creando quimeras, fruto de la voraz imaginación de aquel niño…

Luego su padre y yo hablamos de cosas no demasiado urgentes y para nada preocupantes,
mientras el pequeño se quedaba dormido en el sofá de casa.
Finalmente, ambos se fueron, dejándome de nuevo con la pantalla inmaculada sobre la mesa.
Me senté frente a ella una vez más, y les reuní a todos:
Y cuando tuve juntos a la pareja, al policía, al caballero y a su dama, e incluso al dragón, les pregunté:

-¿Qué corre más, un leopardo o un elefante?




viernes, 8 de octubre de 2010

La Batalla

Me llamo Nadie. Y estoy esperando a ver amanecer en un prado no muy lejos de casa, rodeado de hombres como yo.
Alineados de cualquier manera, observamos el otro lado del campo. A pocos metros frente a nosotros, otra fila de hombres nos observa. Esperan una señal de su señor, ese que va a caballo, cubierto de pies a cabeza por una coraza de metal.


Su único propósito, acabar con nosotros y seguir adelante. Destruir nuestras casas, quemar nuestras cosechas, violar a nuestras mujeres y matar a nuestros hijos.
Nuestro único propósito: Impedir que lo logren.
Pienso en mi mujer, y en mi hijo. Anoche les pedí que huyesen. Espero que me hayan hecho caso y que estén lo suficientemente lejos cuando esta locura haya acabado.

La lanza que me han prestado, de madera anciana y punta oxidada,  es la única herramienta de que dispongo para hacer frente al enemigo. Me estoy meando. Quizá sea el miedo. Tengo que hacer un verdadero esfuerzo para contenerme. Por el fuerte olor deduzco que otros no lo han logrado.

Un hombre a caballo pasa por delante nuestro, recorriendo la hilera de hombres cansados, nerviosos y petrificados, como yo. Es el noble que gobierna estas tierras. Se levanta la visera del yelmo que le cubre la cara y dice algo en voz alta. Intenta alentarnos para que defendamos nuestro hogar. Así podremos seguir viviendo en paz.
Defender esta tierra, su tierra. A cualquier precio. Nos recuerda que nuestra libertad no se compra con miedo. Olvida mencionar que se compra con nuestro trabajo, con los impuestos que pagamos a su casa a cambio de poder respirar este aire y comer parte de nuestra propia comida.

Otro hombre a su lado sostiene una cruz en alto. Va a pié. Nos habla del amor que el Señor nos profesa. Nos pide que no tengamos miedo. Nos describe el lugar que nos espera, si nuestra misión fracasa.

Huir me pasa por la cabeza, a medida que la plegaria del monje se esparce entre nuestras escasas filas. Pero mis pies están pegados al suelo, mi torso se apoya sobre la lanza.
Mis compañeros, labriegos; picapedreros; curtidores; herreros; mueven los labios rezando sus propias oraciones.
      El monje se retira hasta un puesto seguro. Luego el hombre a caballo da la señal, baja su visera y carga contra el enemigo.

        Los hombres que tengo delante gritan todos al unísono, blandiendo sus armas en el aire, corriendo tras el caballero, atropelladamente, hacia una muerte segura. Sigo al que va frente a mí. Me mantengo agazapado detrás; quizá sea un cobarde, pero no tengo otro modo de protegerme de las saetas que llueven sobre nuestras cabezas. Los que me siguen, empujan como corderos asustados. Me obligan a apretar el paso para no hacerles tropezar.
     Observo la avalancha de cuerpos que se nos viene encima ahí delante, lanzas en ristre, listas para caer sobre nosotros.
Algunos parecen soldados, más experimentados, curtidos en el arte de matar. Otros se parecen a nosotros. Tan perdidos. Tan asustados.Solo espero que las enfermedades y las batallas que cargan a sus espaldas les hayan debilitado lo suficiente como para poder derribar a uno o dos antes de que el Señor se me lleve.


       Las  filas delanteras han chocado violentamente. Los escudos de ambos bandos han formado una pared infranqueable y empujan los unos contra los otros. Pelean a muerte por cada palmo de terreno.

       Los brazos que no sujetan escudos, buscan a la desesperada huecos por donde colar los filos de las armas. Se oyen gemidos, gritos y maldiciones. Los hombres caen, sujetándose las tripas. Ruedan por el suelo intentando cubrir sus heridas con las manos. Salto sobre la espalda del que tengo delante y empujo mi lanza contra el lado opuesto. Se hunde con torpeza en la carne de alguien. Pierdo pié, caigo al suelo y la lanza se escapa de mis manos. Mi escudo humano cae sobre mí. Creo que está muerto. Están avanzando y en su avance alguien me pisa la cara.  Nadie parece percatarse de que sigo vivo. Observo a mi alrededor.Siguen empujándose, cortándose, machacando carne y hueso.
El caballo de mi señor está a punto de aplastarme al pasar por mi lado. El hombre de hierro en su grupa, descarga una y otra vez su nobleza sobre las cabezas de nuestros enemigos.
No sé como logra distinguir a unos de otros, repletos como vamos de sangre y de barro.
Tras varios intentos, me deshago del peso inerte del cadáver que tengo encima. Recojo el arma que sostiene una mano sin vida. Es un hacha de leñador. Como yo, no está pensada para la batalla... pero servirá.

 Un hombre, desde algún lugar no muy lejos de donde estoy ahora, grita algo en un idioma que no comprendo. Le veo alzar su espada y correr hacia mí. Tiene el rostro cubierto de sangre. No sé como lo hago, pero me aparto en el último momento y cuando pierde el equilibrio, aprovecho y le hundo el hacha en la parte trasera de la cofia. No atravieso la malla metálica, pero escucho el crujido del hueso al ceder con el golpe. Cae de bruces. Ya no se mueve. Pero muchos otros a su alrededor si que lo hacen. Están huyendo. Perdemos terreno mientras ellos nos dán caza. Me doy la vuelta. Entre el caos logro distinguir la línea de arboles que delimitan el final del campo de batalla. Hace un momento han sido nuestro punto de partida.

   Agarro el hacha con fuerza. Y corro. Corro todo lo que puedo, en dirección a los árboles. Quizá logre salir de aquí con vida. Solo pienso en reunirme ellos. Estoy seguro de que les encontraré tarde o temprano. Eso no es lo que más me preocupa ahora. En mi huida una fuerte punzada en el costado. Caigo al suelo, alcanzado por una flecha. Me llevo las manos a la herida y quedan totalmente empapadas en sangre.Mi sangre.

     Levanto la cabeza e intento arrastrarme haciendo uso de la poca fuerza que me queda. Un poco más. Solo un poco más.
Cerca de mí, un hombre acaba de darle el golpe de gracia a su rival. El cadáver se queda allí, tendido en el suelo. Creo reconocer su cara. Posiblemente la habré visto a diario en la villa. Pero no sabría decir dónde: mi mente se enturbia rápidamente.

     El vencedor se gira y me ve. Sonríe. Sopesa su espada y se dirige hacia mi. Me dice algo en voz baja a medida que se acerca, pero no le entiendo. Vuelvo a fijar la vista en el bosque. Está  oscureciendo. Hace un momento he visto despuntar el alba, no puede ser que anochezca tan pronto.
Me llamo Nadie, y vosotros sois el único motivo por el que he luchado. Solo espero que haya sido suficiente... y que estéis muy lejos.